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Los llanques de Toño pedían un cambio urgente, "a gritos". Una de las tiras que cruzaban su empeine estaba suelta. Las uñas de sus pies, cual armas punzantes, lucían una marcada franja negruzca. La basta de su pantalón estaba a varios centímetros de sus tobillos, la costura del lado derecho de se veía abierta, un botón plomizo intentaba sostener cerrada la bragueta, que, sin embargo, dejaba ver un calzoncillo amarillento. La correa no existía, un botón bastante grande de color indefinido hacía sus veces. La punta derecha de la camisa que alguna vez fue blanca revoloteaba al viento. Sus botones no cumplían con su objetivo, el que estaba cosido con un hilo celeste era el que precariamente hacia las veces de todos. El ajado cuello chillaba su coloración amarilloscura. Las gotas del sudor empapaban su rostro. El corte de soldado alemán que le habían practicado en el aniversario patrio hacía que sus no tan pequeñas orejas se notaran más, muchísimo más. Las ventanas de su nariz se agrandaban y empequeñecían al compás de su agitada respiración. Las manos alzadas a la altura de sus sienes, con los índices hacia delante, la curvatura de su tórax cuando embestía, y el escarbar de sus pies además de sus "buufffs" lo hacían ver, ni más ni menos, como un "toro", como un torito bravo de "La Pauca". El matador blandía una chompa roja, que iba ensartada por un carrizo que la atravesaba de manga a manga, tomándolo por el trozo que aparecía por el cuello, avanzaba pasito a pasito, el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás mientras que la otra mano se apoyaba artísticamente en la cadera. La mirada penetrante y el ceño fruncido manifestaban de repente unas gotas de sangre española. -¡Ajá...! ¡Ajá...., toro! -decía mientras hacia sonar sus zapatos nuevos contra el piso. Un natural de derecha, otro muletazo de izquierda, un genial pase de rodillas. -¡Ole, toro! ¡Ole, toro! ¡Ole, torito! -se escuchaba en esa cuadra de la calle José Gálvez de Celendín . -¡Ti... ti... ti... ti, ti" -sonó "el bolo" imitando a la trompeta , a la vez que gritaba-: ¡banderillas...¡ ¡Toca banderillas! -Si, toca banderillas- confirmaron los otros. Inmediatamente dejó la "capa" para quebrar con las manos otro pedazo de carrizo, cogiendo un pedazo en cada mano. Irguiéndose en las puntillas de sus pies, a la vez que alzaba los brazos y se daba media vuelta, avanzó encarando, llamando al bravo, haciéndole sentir su supremacía. Embistió el toro y sin miramientos le "colocó" los palos fuertemente en el lomo. El "bruto" lanzó un bufido fulminante que resonó en el ambiente. Las lágrimas le bailaban en los ojos y se aprestaban a mezclarse con las gotas del sudor que le caían de la frente. -¡Ayayauu...¡ ¡Ayayauuuuuuu...! ¡Ya no juego, ya no juego! - se quejó el novillo. -¡Juega...! ¡Juega, no más... ¿Cuando has visto a un toro llorar...? -le decía el hermano mayor del "torero", a la vez que le daba unas palmadas en la espalda. El "toro" tomó un respiro, se sacudió el polvo , se imbuyó de espíritu del imaginario astado y dando saltitos e imitando bramidos empezó a recorrer el coso taurino y en su corrida se encontró con nuevos capotes, pases de pecho y otras suertes que terminaron por cansarlo. Al fin se paró acezante y con la boca seca -¡Ya, mátame! ¡Mátame...!-le pedía al "diestro" poniendo el brazo derecho en jarras -¡Un poco..., un poquito más! -respondía el "matador" mientras mostraba la muleta dispuesto a proseguir la faena. -¡Ti... ti... ti... ti, ti" -sonó nuevamente la corneta del "bolo". Sacó el carrizo de la chompa y alzándolo con la mano derecha solicitó permiso al "juez". Su hermano mayor accedió a la solicitud. Giró a saludar al público , botando la chompa al piso, luego la recogió y se puso a llamar al "toro": -¡Jaaaaa, jaaaaaaaa...! ¡Torito! El "toro" embestía una y otra vez, la chompa revoloteaba sobre sus ojos. Luego se detuvo y alzó la mano derecha a la altura de su cintura, mientras el "torero" alistaba la "espada", la punta del pie izquierdo ligeramente delante del derecho, medio empinada, y el cuerpo hacia adelante y, cual lanza medieval, el carrizo puntiagudo que hacía de espada. - ¡ Apunta entre el brazo y el cuerpo!-indicó el juez de plaza. El "toro" avanzó con todo el peso de su cuerpo sobre la endeble arma. El carrizo se dobló, crujió y se rompió. Hubo un grito ensordecedor. Callaron las risas y todos se arremolinan en torno a él, que se agarraba el costado derecho, en donde, de una herida superficial manaba la sangre que empezaba a teñir de rojo la camisa. El llanto del niño ya no pudo acallarse y estalló, al tiempo que se retorcía de dolor y susto en el suelo. -¡Maricón...! ¡Mariconazo...! Un toro nunca llora, ni se queja- dijo el hermano mayor del "torero"- ¡Cállate, cállate ya, so mariconazo!¡Un poco de salivita y ya está...! Toño lo miraba y en sus ojos se distinguía el dolor, la impotencia y, apenas asomando, una firme resolución. Tomó aire, se incorporó, lo pensó dos veces y acalló su llanto: -¡No me ha matado, no me ha matado...! -dijo bravamente. -¡Que sigan que sigan! -dijeron todos -¡Sigan ya, tú eres el matador! - dijo el hermano mayor al "torero" -¡Ajá, toro!!Ajá, toro! -llamó, reiniciando la lidia con la capa. El "toro" había retrocedido llamativamente. Luego empezó su embestida loca. Tenía la capa frente a los ojos, pero sólo veía el cuerpo de su adversario. Con el mayor de sus empujes impactó su cabeza, la del corte alemán, en la boca del estómago de su enemigo. El "matador" cayó al piso sin gritar, ni decir ¡ay! Intentaba respirar, alzaba la mano y miraba a todos sin ver a nadie. Su color se hacía cada vez más azulado. Toño sintió pasos apurados y gritos amenazadores. Era el hermano mayor del caído. Corrió con todas sus fuerzas, diciéndose: patitas pa´que las quiero. Corrió más rápido todavía, cuando sintió que una mano grandota lo sujetaba de la camisa y lo tiraba al piso. -¡Desgraciado...! ¡Eres malo...! ¿Qué le hiciste a mi hermanito? ¡Te voy a sacar chocolate, vas a ver, vas a ver...! ¡Te voy a sacar la mierda! Toño quería explicarse pero no le salían las palabras. -¿Por qué lu'has querido matar a mi hermanito? A propósito... Eso ya no es juego... ¿No ves como lo has dejado? -No, no he visto- respondió por fin, asustado -¡Como que no, desgraciado! En el momento que el puño grandote iba a estrellarse en su rostro, sacó una mano timorata, a la vez que decía: -¡Es que el toro también se enoja, pues...! |
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