HISTORIA

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 Bandoleros en Celendín
Por Hugo Pereyra Plasencia
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Publicado por: Hugo Pereyra Plasencia
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BANDOLEROS EN CELENDÍN

Por Hugo Pereyra Plasencia

La escena parece familiar, por lo cinematográfica: un pueblo pequeño, rodeado de montañas, se defiende a balazos de una horda de bandoleros que lo asaltan. La imagen no proviene de una película norteamericana ambientada en el far west. Se refiere, en verdad, al Perú del siglo XIX y, específicamente, a la poco conocida historia y leyenda del pueblo de Celendín del departamento de Cajamarca. Todo esto viene a colación de un antiguo recuerdo que mis abuelos Emiliano y Rosaura transmitieron a mi padre, siendo niño, relativo a los ataques de bandoleros sobre el pueblo de Celendín, en las postrimerías del siglo de Kipling, de la iluminación a gas, y de los acorazados y trenes de hierro. Hoy la entrego a ustedes para que la memoria, aunque hable de imágenes sin fecha precisa, no se pierda en el tiempo.

Balacera en la Plaza de Celendín, comienzos del s. XX. Lapiz de Alfredo Rocha Zegarra.

No se conoce con certeza el origen de la localidad de Celendín, de donde proviene mi apellido. La mayoría de los pueblos y ciudades del Perú —incluida la misma Lima— fueron establecidos sobre estructuras y etnias prehispánicas. Por el contrario, el lejano asiento de Celendín no parece haber estado asociado a ninguna fundación por soldados u organización por sacerdotes que hubiese implicado la sujeción, explotación o exterminio de algún conglomerado indígena previo. Daría la impresión —a juzgar por las escasísimas fuentes escritas que todavía se conservan— que Celendín fue, en los albores de la época colonial, solamente un caserío perdido y apenas poblado, cuya única significación seguramente radicó en su cercanía a “la Montaña”, la región selvática, con la cual se comunicaba a través del paso de Balsas, muy cerca del imponente río Marañón.

Cierta historia antigua, originada probablemente en la propia localidad, habla de manera imprecisa sobre la llegada, en tiempos remotos, a lo que ahora es Celendín, de judíos perseguidos por la Inquisición. Mi tío Carlos Malpica Silva Santisteban -quien no tenía precisamente fama de fantasioso- me habló de las estrellas de David que se decía fueron encontradas en una demolición o en algún desván perdido de la localidad celendina. Que yo sepa, las únicas grandes y sistemáticas persecuciones atribuidas a judíos en el Perú tuvieron lugar en la década del treinta del siglo XVII, cuando la Inquisición arremetió contra los acaudalados comerciantes portugueses que entonces vivían en Lima, con el objeto de apoderarse de sus cuantiosas fortunas y usando, según costumbre de la época, pretextos religiosos. Algunos judíos -reales o supuestos- fueron quemados en macabros «autos de fe». Los más terminaron salvajemente desterrados o penitenciados. Lo cierto es que desaparecieron, como grupo, de la escena del virreinato peruano, y no se volvió a hablar más de ellos. ¿Huyeron algunos, disfrazando su identidad, hacia el interior del país, para escapar de sus implacables perseguidores y torturadores? ¿Llegaron entonces por lo menos algunos de estos contemporáneos de Quevedo y de Góngora al lejano Celendín del entonces corregimiento de Cajamarca, para rehacer allí sus maltrechas vidas? La verdad es que, considerando los antecedentes, no podrían haber escogido mejor refugio, por lo inaccesible y poco significativo del lugar. ¿Cómo saberlo con precisión? Lo cierto que es prácticamente hasta la generación de mis abuelos, entre los siglos XIX y XX, Celendín fue un pueblo de costumbres patriarcales. Además, había hasta hace poco una curiosa abundancia de nombres bíblicos, particularmente femeninos, tales como Esther, Noemí y Betsabé.

Las primeras referencias claras sobre el asiento de Celendín aparecen recién a fines del siglo XVIII y a comienzos del siguiente, cuando el obispo de Trujillo, Baltazar Jaime Martínez Compañón, se topó de bruces, al llegar de visita eclesiástica al lugar que nos ocupa, con gente de evidente lucimiento, que en el lenguaje de la época quería decir gente de posición. Luego de penosa travesía desde la costa, el sorprendido obispo debe haberse preguntado mil veces sobre las razones de este aislamiento y de este abandono de tantas almas que reclamaban pastor. Corteganas, Chávez, Sánchez, Casanovas, Pereyras, Merinos y Díaz debieron haberlo rodeado y agasajado por su visita, con vistosas deferencias y festejos, al uso cortesano y ceremonial de la época. (Por cierto: ¿qué hacía el portugués Raimundo Pereyra viviendo en territorio americano de los reyes Borbones, en un tiempo en que lusitanos y españoles eran hostiles entre sí?) El obispo parece haber realizado una fundación formal de la localidad de Amalia de Celendín, cuyo nombre fue dado en homenaje a la reina de España. Posteriormente, en 1802, y en gran parte como producto de las noticias y recomendaciones transmitidas por el obispo viajero Martínez Compañón, el Rey de España concedió a la nueva población el título de “villa”. Como sucedió con gran parte de los pueblos del norte del Perú, Celendín se declaró partidario de la independencia y alcanzó a dar hijos y dineros para esta lucha que culminó en la batalla de Ayacucho. Un celendino, Basilio Cortegana, parece haber sido incluso protagonista de esta acción de armas que donde se decidió la suerte de la América del Sur. A partir de entonces, hasta comienzos del siglo XX, y salvo los ocasionales envíos de congresistas a Lima, Celendín se aletarga y aísla, particularmente después de la Guerra del Pacífico, cuando el Estado limeño y costeño debilita considerablemente su presencia en el interior.

De esta época de aislamiento, a fines del siglo XIX, data precisamente la imagen que mis abuelos —por experiencia propia de niños de pocos años, o por relato de sus progenitores o parientes— refirieron a mi padre: decenas de bandoleros a caballo, fuertemente armados, irrumpen en el pueblo desde los cerros colindantes en medio de una polvareda y profiriendo gritos espeluznantes. Los habitantes, que estaban preparados para estas eventualidades, se encierran en sus casas y comercios con sus familias. De troneras especialmente preparadas salen cañones de revólveres y rifles que hacen fuego a discreción. Caen por tierra algunos bandoleros. Los que sobreviven -que son los más- roban todo lo que pueden y luego parten con el botín hacia los cerros desde donde llegaron. Terminado el peligro, los hombres celendinos retornan a sus comercios e industrias. Las mujeres, de largos cabellos castaños y ojos zarcos, finalmente suspiran aliviadas, y rezan a sus Santos.




El rey Carlos IV
concede a Celendín el título de Villa




[Al margen: “Título de villa a la población de Amalia de Zelendín en el distrito del virreynato del Perú”]

[Como título del traslado: “En 19 de diciembre de 1802.
De oficio”]

Don Carlos etc. Por quanto en consideración a lo informado por el reverendo obispo que fue de Truxillo don Baltasar Jayme Martínez Compañón acerca del establecimiento de la nueva población llamada Amalia de Zelendín, y recurso que le dirigieron el procurador y alcalde del[la] solicitando les alcanzase de mi real piedad el titulo de ciudad, y atendiendo igualmente al servicio que han hecho aquellos vecinos comprando territorios y edificando casas sin auxilio alguno de mi real erario, he venido, entre otras cosas, a consulta de mi Consejo de Cámara de Indias de 4 de octubre próximo pasado, en conceder a dicha nueva población el título de villa, exenta de la jurisdicción de la de Cajamarca y sugeta privativamente a la de los yntendentes de Truxillo y sus subdelegados en aquel partido, con la prevención de que mi virrey del Perú le señale mi real aprovación en conformidad de lo que dispone la ley primera, título ocho, libro quarto de las de Yndias componiéndose su ayuntamiento a lo más de seis regidores, dos alcaldes ordinarios, un procurador síndico y un escribano conforme a las leyes primera y segunda, título 10 del mismo libro, eligiendo por la primera vez los vecinos con arreglo a la siguiente ley tercera a los regidores, y éstos a los alcaldes, y procurador anualmente deviendo ser por esta vez vitalicias las varas de regidores y venderse conforme vayan vacando según su calidad de oficios vendibles y renunciables. Por tanto quiero y es mi voluntad se lleve a devido efecto todo lo referido, y que en su consequencia procediendo el entero en mis reales caxas de Lima de lo correspondiente al derecho de la media annata, pueda la referida población de Amalia de Zelendín llamarse y nombrarse y se intitule y nombre villa, poniéndose así en todas las cartas, provisiones y privilegios que se la expidieren por mí y por los Reyes mis sucesores y en todas las escrituras e ynstrumentos que pasaren ante el escribano o escribanos públicos de la misma villa, y que goce igual tratamiento y prerrogativas que las que están concedidas a las demás villas. Y por esta mi carta, o su traslado signado de escribano público, ruego y encargo al serenísimo Príncipe de Asturias mi muy caro y amado hijo y mando a los ynfntes, prelados, duques, marqueses, condes, ricos hombres priores de las ordenes comendadores y subcomendadores, a mis consejos, presidentes, y oidores de mis reinos, audiencias, así de estos reynos, como de los de Yndias, a los gobernadores, corregidores, contadores mayores de cuentas y otros cualesquier jueces de mi casa, y cortes y chancillerías, a los alcaydes de los castillos y casas fuertes y llanas, a todos los cabildos, alcaldes, alguaciles, marinos, caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de las ciudades, villas, y lugares de estos mis reynos y señoríos, y a los demás mis vasallos de qualquier estado, condición, preminencia o dignidad que ahora son o fueren de aquí adelante, guarden y hagan guardar la expresada merced a la citada población de Amalia de Zelendín, sin contravenir ni permitir se contravenga a ella en cosa alguna. Y de este despacho se tomará razón en la Contaduría General de mi Consejo de las Yndias, y en mis reales cajas de la ciudad de Lima, sin cuya formalidad quiero sea nula y de ningún valor ni efecto esta gracia. Dado en Elche, a 19 de diciembre de 1802.

Yo el Rey

Yo, don Silvestre Collar, Secretario del Rey Nuestro Señor lo hice escrivir por su mandado.

El marqués de Bajamar.
Fernando Josef Mangino
El conde de Pozos Dulces

Tomóse razón en el departamento meridional de la Contaduría General de las Yndias. Madrid, 20 de enero de 1803. El conde de Casa Valencia [aparece al final una rúbrica]


(Traslado de la época conservado en el Archivo General de Indias de Sevilla, Indiferente General 1,610)
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