LOS NASHOS

MEMORIAS DEL CORAZÓN

Mi amigo "Mime"
Escribe Elmer N. Chávez Silva

Con el profesor Manuel Sánchez Aliaga, a quien, familiar y afectuosamente lo seguimos llamando “El Mime”, nos une una gran amistad, cultivada a lo largo de seis décadas y algunos meses más, al momento de escribir estas líneas.

De niños, compartíamos la amplitud solazante del espacio formado en la esquina de los jirones Grau y Ayacucho, de mi Celendín inolvidable, para poner en práctica nuestros juegos de infancia favoritos: “el que tiene enemigo no duerme”, “ladrones y celadores”, “que pase el rey… que ha de pasar”, “quita quita sol… mande señoría”, “el chicote caliente”, ¿lobo…estás? … “mestoy alistando”, “¿tiene mantequilla? … en la otra esquinilla”; juegos recreativos de formación psicomotriz (designación actual), donde la atención, la agilidad, la coordinación de movimientos, el desplazamiento veloz y la resistencia física, pusieron su cuota de fortaleza al desarrollo anímico y corporal nuestro.

Las clases en el “85”, las competencias de trompo en la plaza de armas con sus calles aún no asfaltadas y con el estoico “potero” dispuesto a recibir el castigo asignado cuando nos declarábamos perdedores de la contienda; aquellas de “bolero” en sus diferentes matices, con bola de madera, choloque o lunta; las de “chanos” y bolitas de cristal; los partidos de fútbol en el campo “Centenario”, la “Breña”, “Chacapampa” o en algún sector de la calle, donde, sudorosos y boqueantes, disputábamos los encuentros mas reñidos y angustiantes, sin control de hora, sin juez de línea, sin árbitro, sin ganas de perder y casi siempre, sin público.

Un complemento infalible de nuestras amicales reuniones, eran las narraciones vespertinas de contenido tétrico, que se hacían cuando la penumbra se apoderaba lentamente de la ciudad y la mortecina luz de la hidroeléctrica de “Cantange” demoraba en llegar a las “berenjenas”, despectiva designación dada por los pobladores a los focos de bajo voltaje instalados en cada esquina de la ciudad.

Estas, incluían personajes fantasmales de aparición repentina, como la “monja sin cabeza”, el “cura con dos cabezas”, las “almas encadenadas” y el esqueleto saltarín o “huacrayo”, concepciones espectrales, dispuestas a encontrarse según la leyenda, “cara a cara” con los noctámbulos, quienes, al verlos tan de cerca y sorpresivamente, entraban en estado de pánico y echaban a correr despavoridos, dejando en el trayecto, la chalina, la botella, el vaso y gran parte de la borrachera, mientras en nosotros, escuchas motivados y crédulos infantes, quedaba una tembladera corporal generalizada, con castañeteo de dientes y trémulo de manos, cuya intensidad solo era comparable a la causada por un acceso tenaz de paludismo en avanzada.

La cercanía de nuestras viviendas, separadas tan solo por unas cuantas casas donde moraban los otros integrantes del “clan”, como el “Roshao” (Raúl Durand), el “Chacra” (Carlos Pereyra), el “Coche Diego” (Diego Merino), el “Panamo” (Guillermo Pereyra), el “Misho Acuña” (Jorge Acuña), el “Tano” (Alejandro Tirado), el “Jeshufa” (Jesús Dávila) o el “Fushil” (Carlos Silva), junto a la “clave sonora” o “silbido señal” que ejecutábamos cuantas veces fuera necesario, facilitaban muchísimo nuestras reuniones, causantes del incremento incesante de la familiaridad.

Los estudios “primarios” en el “85”, al principio y los “secundarios” en el “Javier Prado” después, acentuaron el compañerismo y por ende la amistad; mientras que los estudios “superiores”, a los que tuvimos que enfrentar con estoicismo y mucha dedicación, desintegraron al grupo, dispersando a sus integrantes que fuimos a parar a diferentes y lejanas ciudades del territorio patrio, en pos de la universidad o instituciones de nivel educativo equivalente.

En Celendín de mis tiempos juveniles, eran frecuentes los acontecimientos de tipo social que incluían bautizos, cumpleaños, pedidas de mano, intercambio de anillos, matrimonios, celebraciones costumbristas y cuanto motivo ameritaba una reunión en la que la chicha de jora y el aguardiente de caña (verdaderas delicias de la época), se encargaban de borrar las penas, alegrar el alma y liberar al cuerpo de agobiantes sobre cargas tensiónales, sumergiéndolo en un estado transitorio de gran euforia y completa felicidad; labor que con el tiempo, pasó a depender casi por completo, de la “rubia espumante” o cerveza.

“El Mime”, docente reconocido, intelectual prestigiado y distinguido literato, fue y sigue siendo motivo de múltiples invitaciones, en las que recibe las atenciones y amabilidad expresa de los anfitriones, que a parte de los excelentes potajes de la apetitosa culinaria shilica presentados, le hacen participar del “aroma y cuerpo” de aperitivos y bebidas espirituosas, que recibe siempre con cariño, mucha cortesía y buen ánimo, como para alargar un poco mas su permanencia, que en algunas oportunidades alcanza las horas matinales del día siguiente, como la que motivó la presente referencia anecdótica, expuesta en una de mis visitas a la tierra querida, a la que llegué con la inmensa alegría de sentir el reencuentro con la ciudad y sus calles pletóricas de recuerdos imborrables, su acogedor ambiente de acrecentada calidez, algunos familiares que todavía me quedan y los buenos amigos que allí residen, entre los cuales por supuesto, estaba el “Mime”.

Vinieron los abrazos, los apretones de manos y las palabras de bienvenida; departiendo alegremente por algún momento en las oficinas del “Atahualpa”, con obligatoria evocación de escenas de antaño y el protagonismo entrañable de personajes “shilicos” de carisma singular.

Una despedida breve con separación momentánea, permitió ubicar mi alojamiento, dejar mis bártulos y hacer algunos arreglos personales, después de lo cual, nos volvimos a reunir en el “El Jalisco”, afamado restaurante del “negro” Tejada, mi amigo, ubicado en sector preferencial de la plaza de armas, donde pude saborear un gratísimo almuerzo costumbrista, con potajes que permanecieron ausentes de mis costumbres gastronómicas, por muchos años, impuestos por las circunstancias laborales y la lejanía de mi lugar de residencia.

La conversación se tornaba cada vez más amena y los recuerdos brotaban como quien dice a las “ganadas”, en ambiente festivo de gran algarabía y con fondo musical de hermosas “rancheras” interpretadas por Jorge Negrete y Pedro Infante, tan de moda en nuestra época estudiantil.

Todos querían contar algún acto vivido, cuya trama consideraban de interés colectivo.

Y fue allí, cuando el “Mime” hizo referencia a un episodio que según manifestó, le sucedió años atrás, aunque seguimos creyendo que corresponde a una mas, de sus amenas creaciones de humor.

En cierta ocasión, nos dijo: … “salía de una fiesta en horas de la mañana, haciendo esfuerzos para mantener el equilibrio, hablar de corrido y dejar de bostezar, objetivo que no pude alcanzar en toda su amplitud, por más esfuerzo que hice. Así llegué a mi domicilio, encontrando a toda mi familia ubicada alrededor de la mesa, disfrutando del desayuno.

Saludé a mis Papacitos y hermanos y tomé asiento en el lugar que me correspondía. Había hablado tanto en la fiesta, que decidí mantener el máximo de silencio en mi casa, hasta que mi Mamita sin mayores preámbulos, con gesto enérgico y ademán reprensivo, me dijo:

¡“Achichín” hijito, cuanto licor habrás tomado que ya no puedes ni hablar!

¡Que barbaridad ¡ …

¡Que vida ya “pué” es esta … Dios mío ¡ … tanto haz “bebido” que te haz quedado mudo, sin voz y sin habla. Continuando el “sermón” por un rato mas.

Días después, cuando el sol alumbraba ya con fuerza y la gente se desplazaba por las calles para cumplir con sus actividades, regresé a mi casa, procedente de otra fiesta y con inequívocas manifestaciones de haber estado rindiendo nutrido homenaje al Dios Baco, encontrando a la familia en pleno desayuno y con el malestar expresado en el rostro de todos y cada uno de los presentes.

Con la experiencia anterior, cambié de táctica y reemplacé la mudez por la locuacidad y comunicación “galopante”, saludando a todos con efusividad, mientras se daba inicio al “sermón” materno que “arrancó” con fuerza y desacostumbrada severidad, siendo interrumpido en “seco” por la noticia que rápidamente les transmití:

Vengo así, les dije, porque hemos estado celebrando la última adquisición que ha hecho el “Manongo”, quien acaba de comprar un automóvil del año, hermoso, de color azul cielo, cinco velocidades, cuatro puertas y ochenta caballos de fuerza; pasando luego a describir otras bondades y equipamiento del vehículo, con lo cual logré neutralizar por un momento el enojo familiar, debido a la gran admiración y cariño que todos sienten por el caballeroso personaje.

Unos minutos después, mi Mamita, en réplica cotejante y de tinte analítico me dijo:

Buena noticia hijito, nos alegra muchísimo saber que el “Manonguito” se haya comprado su casa y su finca, en fecha reciente, eso está bien y muy merecido porque es un joven educado, disciplinado, estudioso, trabajador, no trasnocha, se levanta temprano, no se emborracha, va a misa, se confiesa, comulga, es ahorrativo, hogareño, no despilfarra su dinero y por lo tanto, tiene todas las condiciones para progresar y comprarse un auto nuevo como el presente; en cambio tu hijito, que estas de reunión en reunión, de compromiso en compromiso, de fiesta en fiesta hecho un “botarate”, seguro que no puedes comprar ni si quiera un par de medias, pero con toda la plata que haz gastado en las “borracheras”, hubieras podido comprarte no solo un carro del año, hijito, sinó un avión, un aviónnnn” …

Concluyó el relato entre carcajadas que fueron secundadas por todos los presentes, quienes añadieron algunas bromas y frases de elogio, como un homenaje de reconocimiento a la mente ágil, creativa y de ocurrencia fácil, precisa e hilarante, de un gran amigo como Manuel Sánchez Aliaga, a quien, fraternalmente, seguiremos llamando el “Mime”, mientras la amistad y el tiempo lo permitan.

 Tomado del libro:
"Memorias del corazón" - Anecdotario
De pronta publicación.


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